simplificar.

JOSEP MUÑOZ REDÓN El arte de la existencia

La vida de un bebé es simple: duerme, come y poco más. Toda una lección de ser. El paso de los años va complicando la existencia transformándola en algo más complejo. Pero solo porque incluya muchas partes diversas no significa que sea necesariamente mejor. El espejismo es tan intenso que pasa desapercibido al común de los mortales hasta que los años imponen su despótico reino. Al llegar al final del camino, la propia naturaleza vuelve a dictar un ritmo conciso, limpio, elemental, sencillo. 
Algo similar sucede con el pensamiento. Cuando te acercas inicialmente a la filosofía disfrutas de aquellos planteamientos que parecen cortados por la navaja de Occam (recuerden: «Cuando dos teorías compiten en igualdad de condiciones, debe preferirse la más simple»). Cuando superas esta visión iniciática empiezas a confundir la profundidad con el enmarañamiento, vagando por la oscuridad de los enunciados más estrafalarios como alma en pena. Para acabar, finalmente, volviendo a saborear la claridad, la concreción, la pureza, el refinamiento que destila el pensamiento arraigado en la vida como el agua mineral de una fuente profunda en un bosque espeso y salvaje. 
Thoreau se fue a vivir al bosque, a su cabaña de una sola habitación cerca de Walden Pond, el 4 de julio de 1845, a los veintiocho años. Quería estar cerca de la naturaleza, como los hombres primitivos, para no perderse ninguna de sus lecciones, la primera y más elemental de las cuales es: «Simplicidad, simplicidad, simplicidad, simplificad, simplificad». 
¿Por qué tener dos casas si con una nos basta? (Recuerden aquel proverbio oriental: «Un hombre que tiene dos mujeres no tiene corazón, pero uno que tiene dos casas no tiene cabeza».) ¿Por qué hay que preferir indefectiblemente el movimiento al reposo, si el segundo es tan necesario como el primero para vivir? ¿Por qué complicarnos la vida comprando objetos inútiles que no utilizamos? ¿Qué ventajas obtenemos siendo golosos, dejándonos tentar por la riqueza, malgastando las horas de la existencia en actividades degradantes y alambicadas? Thoreau establece un sólido vínculo entre las facultades elevadas de las personas y su capacidad de rechazar la carne en su alimentación. 
Para el habitante del bosque de Walden el día empieza con un baño en un lago que se transforma en una auténtica experiencia religiosa. Esta actividad física limpia el espíritu y lo deja en condiciones óptimas para la meditación. Como Marco Aurelio, Thoreau cree que la mañana es el mejor momento para practicar la reflexión filosófica. De este modo, rememora el pensamiento de Montaigne, Epicuro y tantos otros autores que celebran el presente, la naturaleza, la realidad, la inmanencia de la vida, la austeridad del sabio, la desafección de su discurso. 
Thoreau no rechaza el trabajo. Por el contrario, es un gran trabajador. Toda su vida es una prueba de esta afirmación, como artesano, como escritor, como conferenciante. De la actividad nace la sabiduría. El trabajo tiene incluso un componente ético al alejar de nosotros el pecado o las tentaciones. Siempre, claro está, que el trabajo sea elegido y no impuesto. Thoreau intenta demostrar que trabajando seis semanas al año podríamos hacer frente a todos los gastos esenciales de la existencia y dedicar el resto del tiempo a leer, pensar, meditar, pasear, bañarnos... todos aquellos placeres elementales que aumentan el disfrute de la existencia. 
La misma reflexión que, esta vez desde el ámbito colectivo, hace un autor actual como Jim Merkel en Simplicidad radical. Merkel afirma que en la actualidad la opción de la simplicidad es la única que tiene futuro, a pesar de que dos grandes impedimentos dificultan su aplicación: los de orden psicológico y los de orden práctico y organizativo. Parece que los primeros son los más significativos por estar arraigados en nuestra conciencia en forma de deseos incontrolables: una persona ve hasta cuarenta mil anuncios de televisión al año, con lo que no es de extrañar que esté condicionada por el ansia de poseer cosas. 
Un planteamiento que choca frontalmente con lo que Merkel denomina «las tres vacas sagradas» del capitalismo: «Creced y multiplicaos», «Más es mejor» y «La tecnología resolverá todos nuestros problemas». Reflexionar sobre la simplicidad, la austeridad, la precariedad esencial de nuestra existencia es la única manera en que podemos intentar perpetuarla. Nada está tan claro hoy como que el mundo es limitado como la propia vida y que la sabiduría se expresa en forma de autodominio y autosuficiencia, como mínimo desde Epicuro. 
No debemos hacer otra cosa que seguir el camino del bosque que ha marcado Thoreau: «Mi mayor talento ha sido contentarme con poco». El mismo planteamiento que Schopenhauer expresaba también con sorna: «La filosofía no me ha dado casi nada, pero me ha ahorrado tantas cosas».