la cabaña del bosque.

JOSEP MUÑOZ REDÓN

La existencia es un bosque aterrador del que nos protegemos con un habitáculo, por pequeño que sea. La casa se contrapone simbólicamente al bosque. La congregación externa de árboles silvestres pugna con el espacio cerrado, íntimo, personalizado, que conseguimos construir gracias a la arquitectura, las revistas de decoración, El Corte Inglés y las tarjetas de crédito. El habitáculo es el gineceo, la placenta donde nos protegemos de dragones, brujas, gigantes, enanos, duendes, leones, osos, serpientes... que habitan en las arboledas que un día, como una alfombra verde y oxigenante, cubrieron la Tierra. 
Thoreau tenía veintiocho años cuando se fue a vivir al bosque, a su cabaña de una sola habitación cerca de Walden Pond. La fecha es significativa: 4 de julio de 1845, día al que llamó su Día de la Independencia. 
Se fue a vivir al bosque no para llevar una vida de ermitaño, ya que iba a menudo a la ciudad a cenar con su familia, visitaba a los amigos y frecuentaba a Emerson, sino para volver a la naturaleza, volver a las cosas básicas de la vida. Este deseo de simplificar la existencia empezó por un hecho elemental, construirse una vivienda: «Hacia finales de marzo de 1845 —escribió—, pedí un hacha y fui al bosque que había al lado de Walden Pond, cerca de donde quería construirme una casa, y después empecé a talar algunos pinos blancos altos y rectos, todavía jóvenes, para tener madera. Es muy difícil empezar nada sin apropiarse de algo». Hay que tener presente que él se apropió de más de una cosa, porque el terreno sobre que edificaría su frágil morada era de su amigo y mentor Ralf Waldo Emerson. En muchos aspectos, él ponía en práctica lo que predicaba Emerson: «Odio las citas, dime lo que sabes». 
Wittgenstein se refugia en una cabaña de Skjolden, Noruega, huyendo del ruido de la sociedad con el objetivo de escuchar el silencio que proyecta su pensamiento. Hay pocos lugares más agrestes que ese. La construcción se erige expectante sobre un risco, sobre la nieve, sobre el vacío, como la vida del pensador. También Nietzsche se planteó construirse una cabaña en Sils Maria, en la ladera de la Engandina, donde veraneaba. Sin embargo, sin ningún lugar a dudas, la cabaña más famosa que existe en el ámbito del pensamiento es la que construyó Heidegger con sus propias manos en la Selva Negra. Rüdiger Safranski explica que «poco antes de su traslado a Marburgo, Heidegger compró una pequeña parcela en Todtnauberg, donde hace levantar su sencillo refugio. Él mismo participó en la construcción con sus propias manos». 
La arquitectura moderna, como la filosofía de Thoreau, vacía el espacio de trastos buscando la esencia de habitar el espacio. Desde que el arquitecto vienés contemporáneo de Wittgenstein, Adolf Loos, escribió en 1908 su polémico ensayo, Ornamento y delito, que propugna la abolición del decorativismo que llevaba a llenar las habitaciones de las casas de cuadros, alfombras, utensilios, jarrones, cortinas o espejos, los guardamuebles han hecho su agosto. Loos proyecta sus casas con paredes enyesadas blancas sin decorar, techos lisos sin molduras y ventanas rectangulares que se abren a la naturaleza sin intermediarios. Parece que con la austeridad de los interiores comienza el aprendizaje del silencio en el que ha derivado la cultura moderna y tan bien ejemplifica la filosofía de Wittgenstein. El deseo de desnudar los espacios expresa también el inicio de un despido que no por aplazado es menos ineludible: el adiós a los álbumes de fotografías, los regalos de boda, las cuberterías, los aparadores, los cubrecamas, los cosméticos, el lustre, la ostentación, el recargamiento, las escaleras de caracol, los entorchados, las lentejuelas, el ébano... a la hora de salir de este mundo. 
La dimensión externa de la vida en el bosque revela lo más evidente, las pocas cosas esenciales que necesitamos para vivir: comer, un lugar para descansar, un poco de compañía. A muchas personas les pasa desapercibido este aspecto primario de la vida. Hay un proverbio persa que dice: «La vida es un puente: crúzalo, pero no construyas una casa encima». Sobre todo porque con una cabaña tenemos suficiente para guarecernos y no necesitamos una «casa». Esta fascinación por un lugar confortable se convierte en uno de los emblemas más capciosos de nuestra civilización: el habitante acaba poseído por su criatura, en forma de vivienda, hipoteca y acumulación de objetos. 
La función principal del habitáculo se pierde en este breve trayecto. Ya no se trata de protegerse del bosque, ahora en el sentido metafórico, sino de mostrar en un escaparate todo lo que hemos ido almacenando y que supuestamente nos identifica. Thoreau, como Wittgenstein, como Nietzsche, como Heidegger, se rebela contra este estado de cosas predicando con el ejemplo, como los auténticos sabios: los maestros de la acción. Tanto es así que, parafraseando a Pascal, podríamos afirmar que «la mayoría de los males del mundo tienen su origen en el hecho de salir de la cabaña para hacer reformas en ella».